-Voy a ver si está despierta-.
Quizá para que no sospechara lo que había ocurrido o quizá porque no quería que le viera sufrir, entró a la habitación intentando sonreír.
-Hola-. También se notaba que le costaba hablar, que tenía un nudo en la garganta.
-¿Qué ha pasado?-.Le pregunté, aunque, creo que ya sabía lo que me iba a responder.
-¿Me prometes que seguiremos siendo una familia normal?-.
-Si-.Le respondí, algo extrañada, pero del todo convencida, aunque al final, no resultó ser así.
-Tu madre a muerto...-. Echó a llorar de nuevo.
Yo no lloré, no hablé, no hice nada, simplemente pensé en lo último que le dije, esa frase, <<¡qué si mamá, odio que me metas prisa!>>. Sé que no fue muy ofensivo, pero lamentaba haber perdido esa valiosa oportunidad de decirle cuanto le quería. Pero no sabía lo que iba a pasar, en ese momento no lo pensé. Me limité a recostarme en la cama y quedarme perdida en mis pensamientos, que ahora mismo se habían convertido en un laberinto horrible en el que había entrado y no sabía como salir. Tan dolida estaba que ni hablaba, ni lloraba, ni gritaba, ¡ni siquiera comía!, estaba bloqueada. Los médicos consideraron con mi padre llevarme a un psicólogo.
A
pesar de mi estado mental en esos momentos, recuerdo perfectamente
mis visitas al psicólogo. Estuve más de un mes sin asistir a clase.
Recuerdo que, al principio, intentaron hacer que dijera alguna cosa
pero, como no había dado resultado, me hicieron diversos test
escritos. Más tarde, me sometieron a diversas pruebas físicas.
Estuve yendo allí varios meses más, pero para entonces, lo peor
había pasado.
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