¿Y qué si no digo quién soy?¿A quién le importa realmente? Al fin y al cabo, no somos más que pequeñas motas de polvo en un mundo de miles de millones iguales. Iguales a la vez que diferentes. Yo no soy tú, ni tú eres yo, ni nosotros somos él ni ellos. Todos somos todos, pero todos somos nadie. Piénsalo, ¿quién eres? Acaso el universo cambiaría si no existieras. Acaso el mundo dejaría de girar, el viento de soplar y el sol de brillar. Y eso es lo que somos, cosas totalmente prescindibles, que existimos por el simple y maravilloso azar. ¿Para qué preguntarse el sentido de la vida? No existe tal sentido, existimos para sobrevivir, quizá para hacer algo por otro algo, ya sea un ser viviente o no.
Y esto me lleva a volver a mi pregunta inicial: ¿y qué si no digo quien soy? De qué vale mi nombre, mi edad, mi físico, mi entorno, si hay otros tantos iguales. Lo único que nos caracteriza, que nos hace diferentes, es aquello en lo que estamos solos, recuerdos y pensamientos. Solos... soledad. Un termino bastante temido, ¿cierto? Tendemos a contar nuestros secretos, a hacer público lo único que es realmente nuestro, porque tenemos miedo a estar solos. Y así, todo acaba saliendo de nosotros, ya sea contado a los oídos de otra persona o escrito en las páginas de una libreta.
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