En mi vida me he enamorado dos veces. Ambos son muy distintos, pero ambos igual de fuertes, pues cuando les miro a los ojos, siento mi cuerpo estremecerse. Esos ojos, ambos, son diferentes, tanto, que uno me mira con dos profundas e inquietas pupilas y el otro, con millones, incluso miles de millones, de brillantes y parpadeantes estrellas. Y a ambos deseo explorarles con el mayor ansia que he conocido jamás. Y a ambos desearía poder mirarlos sin descanso, hasta el fin de mis días, hasta la oscuridad eterna.
Ahora, después de amar, es cuando descubro que el amor no es simplemente cogerse de la mano, que no es simplemente sentir a ese alguien -o algo- a tu lado. Y es que el amor está dentro y fuera de nosotros. Se encuentra en nuestras mentes, en nuestros corazones, en el aire, en las nubes, en el espacio. Es un sentimiento que sobrepasa a nuestro cuerpo perecedero y nuestra mente limitada, pues yo no puedo explicarlo, ni tú tampoco. ¿Qué es el amor pues? Es algo que no se ve, ni se toca; es indefinible. El amor es ese algo que, sin saber dónde ni cuándo ha aparecido, lo sientes y, sin saber muy bien cómo, sabes que está ahí.
Esto quiero dedicárselo a aquellos dos únicos que hoy, con la mayor certeza que he tenido en mi vida, sé que he amado, y que amo:
A los planetas, a las estrellas, a las galaxias. Al espacio.
Y, por supuesto, a ti.