Ya no recuerdo qué sentía cuando miraba tus ojos y tu cuerpo, tus labios, y ahogaba el deseo de besarte y abrazarte. Ya no recuerdo qué era verte y tener unas inmensas ganas de llorar, y de qué era intentar aprovechar al máximo cada abrazo que te daba al saludarte y al despedirte. Ya no recuerdo lo que sentía cuando una simple ráfaga de tu olor se cruzaba en mi camino, ni de esa sensación de frustración cuando me iba deseando que llegara la próxima vez para volver a verte y que tú no ansiaras lo mismo. Ya no recuerdo lo que era preguntarme todas las noches por qué y de arrebujarme en las sábanas soñando que algún día estarías entre ellas.
Ya no recuerdo nada de eso, y a veces, me gustaría. Me gustaría volver a sentir aquella tristeza implacable durante un segundo solo para, inmediatamente después, saborear una felicidad equivalente a la que siento cuando te miro a los ojos ahora y recordarme a mí misma la gran suerte que he tenido conociéndote.