lunes, 13 de mayo de 2013

El amor y el escondite (cuento popular)


Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos, actitudes y pasiones de los humanos.

Cuando el aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, la locura propuso jugar al escondite. La intriga levantó la ceja en señal de interés, y la curiosidad no pudo evitar preguntar: “¿El escondite?¿Qué clase de juego es ese?” La locura comenzó a explicar: “Mientras yo cuento hasta un millón, vosotros os escondéis, y al primero que encuentre, mi lugar ocupará.” La euforia no cabía en si de entusiasmo, la alegría daba tantos saltos que ¡hasta convenció a la duda y a la apatía! Pero rara vez es aquella en la que todos están de acuerdo, algunos se negaron a jugar: la verdad sabía que la encontrarían, se escondiera donde se escondiera; ¡la soberbia lo consideraba un juego tonto!, aunque más bien, era porque la idea no había sido suya; la cobardía no quería arriesgarse.

Cuando comenzó el juego, la primera en esconderse fue la pereza, que se escondió en la primera piedra al lado del camino. ¡La fe subió al cielo! La envidia se cobijó bajo la sombra del triunfo, que estaba en lo alto de la copa de un árbol. ¡La generosidad apenas si encontraba sitio para esconderse! Cada lugar era el prefecto para alguno de sus amigos: para la belleza, un campo de amapolas; para la timidez, un pequeño arbusto; para la voluptuosidad, una mariposa; para la libertad, un águila. Así, finalmente la generosidad se escondió en un rayo de sol. El egoísmo encontró un sitio cómodo y fresco, ¡pero solo para él, por supuesto! La mentira se escondió en el fondo de los océanos, ¡es mentira!, se escondió en la boca de las personas. La pasión y el deseo se escondieron en el centro de los volcanes. Y el olvido, ¡he olvidado donde se escondió!

Cuando la locura ya casi había terminado, el amor aún no había encontrado escondrijo. Pero de repente, divisó a lo lejos un rosal y se escondió entre sus rojas flores. Justo entonces fue cuando la locura terminó.

La primera en aparecer fue la pereza, que se podía distinguir a primera vista. La segunda fue la fe, a la cual se le oía discutir con Dios sobre temas teológicos. La pasión y el deseo se sentían en el temblar de los volcanes. La siguiente fue la envidia, tras la cual no era difícil deducir donde se encontraba el triunfo. El egoísmo salió solo a su encuentro, pues su cómodo y fresco escondite había resultado ser un enjambre de avispas. La locura, cansada, se acostó en un campo de amapolas, donde encontró a la belleza. La duda aún estaba en medio de una cerca, decidiendo si esconderse a un lado o a otro. El talento fue encontrado en un reflejo, al ir la locura a beber agua. La angustia se encontraba en un pozo negro. La mentira se delató fácilmente. ¡Hasta encontró al olvido, que había olvidado que estaba jugando!

Ya todos habían sido hallados, excepto el amor. La locura lo buscó por cada rincón, cada mar, cada prado, cada árbol, ¡lo buscó por todo el mundo! Cuando ya estaba apunto de darse por vencida, vio un rosal, el cual, con una horquilla, comenzó a zarandear. De pronto, un grito de dolor se escuchó entre las ramas; las espinas de las ramas habían herido los ojos del amor. La locura se disculpó, lloró, suplicó, hasta tal punto, ¡que llegó a prometerle ser su lazarillo!

Desde entonces, desde que se jugó por primera vez al escondite en la Tierra, el amor es ciego y la locura lo acompaña siempre.

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