Cuentan que
una vez se reunieron todos los sentimientos, actitudes y pasiones de
los humanos.
Cuando el
aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, la locura propuso
jugar al escondite. La intriga levantó la ceja en señal de interés,
y la curiosidad no pudo evitar preguntar: “¿El escondite?¿Qué
clase de juego es ese?” La locura comenzó a explicar: “Mientras
yo cuento hasta un millón, vosotros os escondéis, y al primero que
encuentre, mi lugar ocupará.” La euforia no cabía en si de
entusiasmo, la alegría daba tantos saltos que ¡hasta convenció a
la duda y a la apatía! Pero rara vez es aquella en la que todos
están de acuerdo, algunos se negaron a jugar: la verdad sabía que
la encontrarían, se escondiera donde se escondiera; ¡la soberbia lo
consideraba un juego tonto!, aunque más bien, era porque la idea no
había sido suya; la cobardía no quería arriesgarse.
Cuando
comenzó el juego, la primera en esconderse fue la pereza, que se
escondió en la primera piedra al lado del camino. ¡La fe subió al
cielo! La envidia se cobijó bajo la sombra del triunfo, que estaba
en lo alto de la copa de un árbol. ¡La generosidad apenas si
encontraba sitio para esconderse! Cada lugar era el prefecto para
alguno de sus amigos: para la belleza, un campo de amapolas; para la
timidez, un pequeño arbusto; para la voluptuosidad, una mariposa;
para la libertad, un águila. Así, finalmente la generosidad se
escondió en un rayo de sol. El egoísmo encontró un sitio cómodo y
fresco, ¡pero solo para él, por supuesto! La mentira se escondió
en el fondo de los océanos, ¡es mentira!, se escondió en la boca
de las personas. La pasión y el deseo se escondieron en el centro de
los volcanes. Y el olvido, ¡he olvidado donde se escondió!
Cuando la
locura ya casi había terminado, el amor aún no había encontrado
escondrijo. Pero de repente, divisó a lo lejos un rosal y se
escondió entre sus rojas flores. Justo entonces fue cuando la locura
terminó.
La primera
en aparecer fue la pereza, que se podía distinguir a primera vista.
La segunda fue la fe, a la cual se le oía discutir con Dios sobre
temas teológicos. La pasión y el deseo se sentían en el temblar de
los volcanes. La siguiente fue la envidia, tras la cual no era
difícil deducir donde se encontraba el triunfo. El egoísmo salió
solo a su encuentro, pues su cómodo y fresco escondite había
resultado ser un enjambre de avispas. La locura, cansada, se acostó
en un campo de amapolas, donde encontró a la belleza. La duda aún
estaba en medio de una cerca, decidiendo si esconderse a un lado o a
otro. El talento fue encontrado en un reflejo, al ir la locura a
beber agua. La angustia se encontraba en un pozo negro. La mentira se
delató fácilmente. ¡Hasta encontró al olvido, que había olvidado
que estaba jugando!
Ya todos
habían sido hallados, excepto el amor. La locura lo buscó por cada
rincón, cada mar, cada prado, cada árbol, ¡lo buscó por todo el
mundo! Cuando ya estaba apunto de darse por vencida, vio un rosal, el
cual, con una horquilla, comenzó a zarandear. De pronto, un grito de
dolor se escuchó entre las ramas; las espinas de las ramas habían
herido los ojos del amor. La locura se disculpó, lloró, suplicó,
hasta tal punto, ¡que llegó a prometerle ser su lazarillo!
Desde
entonces, desde que se jugó por primera vez al escondite en la
Tierra, el amor es ciego y la locura lo acompaña siempre.
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