Una mañana, como cualquier otra, me desperté
esperando que ese día fuera igual que los demás. Ojalá hubiese sido así:
-Venga
Fani, levantate que llegaremos tarde-.
Allí
estaba mi padre. Recuerdo su rostro antes de lo ocurrido: los ojos
muy abiertos, el pelo bien peinado y aseado, una sonrisa de oreja a
oreja y un bigote que parecía de cuento. No es que fuera
precisamente el más guapo del mundo, pero si el mejor padre:
-Levanta,
venga-.
Me
levanté de la cama con mucha pereza. Pensé <<otra vez la
rutina de cada día, me gustaría que hoy pasara algo distinto>>,que
tonta fui al desearlo. Miré la ventana, y allí estaba, el mar. El
mar me tranquilizaba. Me cambié de ropa y me tomé el desayuno.
Entonces oí a mi madre llamándome desde el coche. Fui y allí
estaba, con sus ojos azules, su sonrisa y su pelo corto, rubio y
lacio. Creo que en ese momento debería haberle dicho algo un poco
más bonito:
-¡Qué
si mamá, odio que me metas prisa!-.
Todo
fue demasiado rápido, ¿cómo íbamos a saber lo que iba a ocurrir?
Mi padre empezó a sacar marcha atrás el coche. Estaba en el garaje
y había un tabique que impedía ver quien venía por ambos lados. Entonces, ¿cómo iba a ver al coche que venía por la derecha?
Salimos del todo, y cuando mi padre se disponía a poner el coche en
una posición de salida, vimos otro demasiado cerca. A mi padre
no le dio tiempo a reaccionar, y al pobre conductor del otro coche
tampoco. De pronto todo se volvió negro. Oí vagamente a mi padre
gritando cada vez más alto:
-¡Fani,
Alicia!-. Perdí el conocimiento del todo.
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