martes, 27 de agosto de 2013

Noche

Hermosas estrellas extintas, casas de aquellas almas que un día se perdieron en la oscuridad de vuestra noche. Seductoras de soñadores y caminantes, perturbadores de nuestros sueños y pensamientos. Cuántos deseos ya guardáis, cuántos gritos habéis escuchado, cuántos llantos habéis presenciado y cuántos amores habéis visto.

Hoy quiero que me confeséis qué veis cuando encontráis mis ojos, cuando claváis vuestra luz sobre mis pupilas. Esa luz que dibuja la silueta de la persona que cada cual añora, que cada cual desea, que cada cual ama. Esa luz que atraviesa mi piel y mis entrañas y lee, en la más absoluta clandestinidad, mi mente.

Hoy quiero que me confeséis que leéis. Hoy necesito encontrarme, encontraros, encontrarle. Hoy quiero que os llevéis mi alma con vuestra luz cuando el lucero del alba asome por las montañas y que la devolváis cada noche a mi cuerpo, hasta que llegue el día en que ella se haga independiente y vuele libre. Y ese día será aquel en el que consiga librarse del castigo que le pesa ahora.

Pero, hoy, mis queridas estrellas, yo me quedo a descansar de mi alma, de ese peso. Mis hermosas estrellas, mis extintas estrellas, mis seductoras y perturbadoras estrellas.

jueves, 8 de agosto de 2013

Cuando las gaviotas vuelven a la costa: Capítulo 4

Al día siguiente, todo el mundo me preguntaba como estaba.
Soporté lo mejor que pude el día. Me sentí bien, ya que la gente me prestaba mucha atención y procuraba no hablar mucho de mi madre por si acaso me ponía a llorar, o me enfadaba. Pero, aunque mucha gente estaba enterada, no todos lo estaban. Por eso a algunos les pareció un poco raro, y a última hora una chica me preguntó que me pasaba. Yo iba decírselo sin ninguna dificultad, la chica no tenía ninguna mala intención, pero rompí a llorar, y me fui sin dar explicaciones.

Mientras paseaba por la playa, pensé en mi madre, y también en mi padre. Entonces me di cuenta de algo. Corrí con todas mis fuerzas hasta mi casa, cuando llegué, abracé a mi padre:
-Lo siento papá, lo siento mucho no quería decir eso el otro día.
-No pasa nada Fani, sabes que te quiero muchísimo-.Dijo resaltando la í.
-Y yo a ti papá. Venga vamos, tenemos que arreglar la casa y hacer la comida.
A partir de ese día, mi padre fue mejorando, y al cabo de un mes estaba mucho mejor, seguía echando en falta a mamá, pero, de otra manera.

Acababa de empezar el verano, y como todos los años, nos dábamos el primer baño, comíamos en la playa y nos dábamos un paseo al atardecer:
-Papá, no se, es que es el primer año que lo hacemos sin mamá y me resulta extraño-.Dije.
-Pero Fani, ¿no oyes ese ruido?
-¿El mar?-.Dije un poco extrañada.
-No, es tu madre diciendo, adelante-.Me respondió. Me limité a sonreirle, y grité:
-¡Al agua!

Nos lo pasamos muy bien, nos comimos un bocadillo bien grande, y nos dimos un paseo acompañados de un precioso atardecer. De pronto se oyeron unos ruidos y mire al cielo, era una bandada de gaviotas:
-¡Mira papá!, la gaviotas han vuelto a la costa.


lunes, 5 de agosto de 2013

Cuando las gaviotas vuelven a la costa: Capítulo 3

Un mes después, tras una sesión, mi padre fue a recogerme. Le pregunte como estaba, él no respondió. Había pasado tanto tiempo en shock, que ni me había fijado en como estaba. Se le notaba que había descuidado su cuerpo. No tenía el pelo bien peinado, ni la ropa muy elegante, ni se había afeitado, ni se había lavado... Puedo decir muchas cosas, pero lo que estaba claro es que ya no era el de antes.
Llegamos a casa, el seguía sin hablar, se fue a la cocina y cogió un cigarrillo y una cerveza, ¡él nunca había fumado! Me di cuenta de que la casa estaba un poco sucia, bueno no solo un poco; había latas de cerveza por todas partes, colillas de cigarrillos, ropa sucia... Debí hacer algo, aunque en ese momento solo tenía ganas de visitar a mi amigo, el mar. Miré al cielo, el sol estaba en lo más alto, no sabía que hacer, ¿qué pasaría a partir de entonces?, ¿qué haría sin mi madre? Pensé en gritar, en llorar, pero sabía que eso no la traería de vuelta.
Volví a casa, mi padre ahora estaba en el sofá, mirando la televisión, bebiendo y fumando:
-Papá, no puedes seguir así, tienes que levantarte. Además, hay que limpiar la casa.
No respondió. Pensé que él estaba demasiado deprimido, y que debía limpiar la casa yo.
Cuando acabé, mi padre estaba igual, ¿qué podía hacer? En estos casos mi madre ya lo habría solucionado todo, pero yo no era ella, ¡solo tenía 14 años! Ella era una adulta, yo no sabía consolar.

Pasaron los días, la situación no había variado, yo hacía la comida, limpiaba, lo hacía todo. Pero un día, llena de rabia, comencé a gritar:
-¡No puedes seguir así más tiempo, llevas una semana en el sofá sin hacer nada! ¡Entiendo que eches en falta a mamá, pero no es justificación para que te quedes hay sentado, deprimido y pensando que tu vida ya no tiene sentido! ¡Llora, haz algo que te desahogue! ¡Si no fuera mamá quien hubiera muerto me ayudaría a pasar el bache junto a ella, pero tu ni si quiera me diriges la palabra!
-¡Tu madre no está aquí, yo no soy ella! !Y soy tu padre, no deberías hablarme así!-.Me respondió.
-¡Pues no lo pareces, un padre ayuda a su hija, no como tú!-.Dije.
-¡Escuchame Estefanía!
-¡Me llamo Fani!
-¡A tu cuarto!-.Me dijo aún más enfadado.
-¡Vale!, pero sabes que te digo, que ojalá hubieras muerto tú, ¡porque fue culpa tuya!-.Creo que la rabia hablaba por mi. Más tarde me arrepentí de esas palabras.
-¡Basta!-.Me dijo, y se fue.

Estuve llorando, gritando, maldiciendo en mi habitación durante varias horas. ¿Qué haría mamá ahora? Ella se enfrentaría la las circunstancias. Pero yo no podía, no tenía valor. Siempre lloraba cada vez que pensaba cuantas cosas no le pregunté, cuantas cosas no le dije. Cada vez que pensaba que no iba a verme crecer, a ver mis logros y mis fracasos. Pero sobre todo, cada vez que pensaba en sus abrazos, sus besos, su voz, su cara...

Bajé a hacer la cena, se la dejé a mi padre y me senté en la cocina. No podía estar a su lado. Yo estaba enfadada con él y él conmigo. Terminé de cenar y me fui a acostarme, y después de meditarlo un rato pensé que era hora de volver al instituto.

viernes, 2 de agosto de 2013

Cuando las gaviotas vuelven a la costa: Capítulo 2

Desperté unas horas más tarde en un hospital. Escuché al médico hablar con mi padre. De repente rompió a llorar. Nunca había oído a mi padre llorar. Se limpió los ojos y le dijo al médico:
-Voy a ver si está despierta-.
Quizá para que no sospechara lo que había ocurrido o quizá porque no quería que le viera sufrir, entró a la habitación intentando sonreír.
-Hola-. También se notaba que le costaba hablar, que tenía un nudo en la garganta.
-¿Qué ha pasado?-.Le pregunté, aunque, creo que ya sabía lo que me iba a responder.
-¿Me prometes que seguiremos siendo una familia normal?-.
-Si-.Le respondí, algo extrañada, pero del todo convencida, aunque al final, no resultó ser así.
-Tu madre a muerto...-. Echó a llorar de nuevo.
Yo no lloré, no hablé, no hice nada, simplemente pensé en lo último que le dije, esa frase, <<¡qué si mamá, odio que me metas prisa!>>. Sé que no fue muy ofensivo, pero lamentaba haber perdido esa valiosa oportunidad de decirle cuanto le quería. Pero no sabía lo que iba a pasar, en ese momento no lo pensé. Me limité a recostarme en la cama y quedarme perdida en mis pensamientos, que ahora mismo se habían convertido en un laberinto horrible en el que había entrado y no sabía como salir. Tan dolida estaba que ni hablaba, ni lloraba, ni gritaba, ¡ni siquiera comía!, estaba bloqueada. Los médicos consideraron con mi padre llevarme a un psicólogo.


A pesar de mi estado mental en esos momentos, recuerdo perfectamente mis visitas al psicólogo. Estuve más de un mes sin asistir a clase. Recuerdo que, al principio, intentaron hacer que dijera alguna cosa pero, como no había dado resultado, me hicieron diversos test escritos. Más tarde, me sometieron a diversas pruebas físicas. Estuve yendo allí varios meses más, pero para entonces, lo peor había pasado.