lunes, 5 de agosto de 2013

Cuando las gaviotas vuelven a la costa: Capítulo 3

Un mes después, tras una sesión, mi padre fue a recogerme. Le pregunte como estaba, él no respondió. Había pasado tanto tiempo en shock, que ni me había fijado en como estaba. Se le notaba que había descuidado su cuerpo. No tenía el pelo bien peinado, ni la ropa muy elegante, ni se había afeitado, ni se había lavado... Puedo decir muchas cosas, pero lo que estaba claro es que ya no era el de antes.
Llegamos a casa, el seguía sin hablar, se fue a la cocina y cogió un cigarrillo y una cerveza, ¡él nunca había fumado! Me di cuenta de que la casa estaba un poco sucia, bueno no solo un poco; había latas de cerveza por todas partes, colillas de cigarrillos, ropa sucia... Debí hacer algo, aunque en ese momento solo tenía ganas de visitar a mi amigo, el mar. Miré al cielo, el sol estaba en lo más alto, no sabía que hacer, ¿qué pasaría a partir de entonces?, ¿qué haría sin mi madre? Pensé en gritar, en llorar, pero sabía que eso no la traería de vuelta.
Volví a casa, mi padre ahora estaba en el sofá, mirando la televisión, bebiendo y fumando:
-Papá, no puedes seguir así, tienes que levantarte. Además, hay que limpiar la casa.
No respondió. Pensé que él estaba demasiado deprimido, y que debía limpiar la casa yo.
Cuando acabé, mi padre estaba igual, ¿qué podía hacer? En estos casos mi madre ya lo habría solucionado todo, pero yo no era ella, ¡solo tenía 14 años! Ella era una adulta, yo no sabía consolar.

Pasaron los días, la situación no había variado, yo hacía la comida, limpiaba, lo hacía todo. Pero un día, llena de rabia, comencé a gritar:
-¡No puedes seguir así más tiempo, llevas una semana en el sofá sin hacer nada! ¡Entiendo que eches en falta a mamá, pero no es justificación para que te quedes hay sentado, deprimido y pensando que tu vida ya no tiene sentido! ¡Llora, haz algo que te desahogue! ¡Si no fuera mamá quien hubiera muerto me ayudaría a pasar el bache junto a ella, pero tu ni si quiera me diriges la palabra!
-¡Tu madre no está aquí, yo no soy ella! !Y soy tu padre, no deberías hablarme así!-.Me respondió.
-¡Pues no lo pareces, un padre ayuda a su hija, no como tú!-.Dije.
-¡Escuchame Estefanía!
-¡Me llamo Fani!
-¡A tu cuarto!-.Me dijo aún más enfadado.
-¡Vale!, pero sabes que te digo, que ojalá hubieras muerto tú, ¡porque fue culpa tuya!-.Creo que la rabia hablaba por mi. Más tarde me arrepentí de esas palabras.
-¡Basta!-.Me dijo, y se fue.

Estuve llorando, gritando, maldiciendo en mi habitación durante varias horas. ¿Qué haría mamá ahora? Ella se enfrentaría la las circunstancias. Pero yo no podía, no tenía valor. Siempre lloraba cada vez que pensaba cuantas cosas no le pregunté, cuantas cosas no le dije. Cada vez que pensaba que no iba a verme crecer, a ver mis logros y mis fracasos. Pero sobre todo, cada vez que pensaba en sus abrazos, sus besos, su voz, su cara...

Bajé a hacer la cena, se la dejé a mi padre y me senté en la cocina. No podía estar a su lado. Yo estaba enfadada con él y él conmigo. Terminé de cenar y me fui a acostarme, y después de meditarlo un rato pensé que era hora de volver al instituto.

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